Aside

La verdad es que he estado a punto de solicitar que el cáncer sea declarada una enfermedad catastrófica. Una palabra que no alegra a nadie y que parece que fuera exagerada, pero lo hago en consideración con las personas, que perderán su autoestima en el momento en el que les digan que el análisis les ha salido “tumor in-filtrante” en alguna parte del cuerpo y que se han mandado a hacer a raíz de una mancha en una ecografía o radiografía.

Estoy tentada a borrar este texto por lo “catastrófico” que resulta. No es de agrado enterarse de catástrofes. Lo más usual es que salte la página en un periódico que publique que un monje budista se ha quemado “a lo bonzo”. También es constante la escapada que hago de las imágenes de los niños que se están muriendo de hambre allí en frente de nosotros.

Pero no lo haré, terminaré este desagradable texto, porque no quiero que ustedes sufran la misma indiferencia que hemos sufrido todos los que un día hemos estado en el centro de una verdadera catástrofe y el cáncer, aunque no sea terminal o, aunque te hayan arrancado el dichoso bulto de cuajo, tiene un tratamiento brutal que mínimo te arrebata la autoestima que te ha tocado toda la vida construir.

Dejaré para la próxima escritura un escrito ingenioso y/o picante que nos haga olvidar que la vida tiene “cosas” que no queremos ver.

 

 

Lo que viene después

Si me atengo a las reglas de Raymond Chandler en cuanto a que a)escribir no sirve para nada y b)no se puede hacer otra cosa “todo lo demás viene después, lo que viene después de una parranda de sábado de carnaval con los amigos son las ganas de contarlo. Es ahí cuando la realidad resulta tan resbaladiza como un pez y enseguida nos damos cuenta que no podremos atraparla. También corrobora el dicho popular de mi querida Barranquilla de “Quien lo vive es quien lo goza”, de ahí que nos lancemos a vivirla, ya que resulta imposible escribirla.